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Jaime Ernesto Díaz Ortiz, Ph.D.
Profesor Titular
Escuela de Ingeniería de Recursos Naturales y del Ambiente. EIDENAR, Universidad del Valle
Cali, Colombia .
jaidiaz@univalle.edu.co

Betty Freire Delgado, Ing.
Escuela de Ingeniería de Recursos Naturales y del Ambiente. EIDENAR, Universidad del Valle, Cali,
Colombia .


Resumen


La utilización del agua por las culturas precolombinas incrementó el desarrollo de las sociedades de agricultores que aprovecharon las ventajas naturales de su entorno para desarrollar tecnologías hidráulicas. Lo anterior fue sobre todo evidente en las culturas azteca e inca, quienes generaron desarrollos tecnológicos que incrementaron la producción agrícola, haciendo posible alimentar a poblaciones numerosas. Se presenta una descripción de las diversas tecnologías desarrolladas por los aborígenes americanos, resaltando las diferentes formas de captación de agua utilizadas para fines de irrigación, aprovechamiento de agua potable, navegación y protección contra las inclemencias de la naturaleza.

PALABRAS CLAVE


Culturas precolombinas, aprovechamientos hidráulicos.



ABSTRACT


Water used by pre-Colombian cultures increased the development of agricultural societies taking advantage of natural resources of their environment to develop hydraulic technologies. This was especially true for Aztec and Inca cultures which produced technological developments that increased agricultural production, making it possible to feed numerous people. A description of the different technologies developed by the American Indians is presented, emphasizing ways of capturing water for irrigation purposes, use of drinking water, water transportation and protection against the harshness of nature.



KEYWORDS

Pre-Colombian cultures, hydraulic technologies.



1. INTRODUCCIÓN


Culturalmente la población precolombina es diferenciada en dos grupos; Mesoamericano y Sudamericano. En algún periodo el hombre precolombino pasó de ser cazador-recolector a agricultor-ganadero, transformando su vida nómada a sedentaria (Childe, 1954; Cano, 1997). Por su parte, Harlan (1975) considera que el hombre agricultor se transformó en un importante conductor de procesos evolutivos, para lo cual tuvo que realizar una serie de transformaciones tecnológicas, entre las cuales, una muy importante consistió en el aprovechamiento eficiente y adecuado de los recursos hídricos.

Según Fogel (1989), el desarrollo agrícola precolombino estaba basado en técnicas complejas para el manejo del agua de riego a través de sistemas de distribución y construcción de terrazas o andenes de cultivo. Igualmente, en Colombia los pueblos prehispánicos comprendieron que para hacer habitable un territorio y poder alimentar una población creciente, era necesario distribuir adecuadamente el área entre las necesidades de vivienda y las zonas para el cultivo.

Por otra parte, Denevan et al., (1987) destacan que las construcciones hidráulicas precolombinas se caracterizaron por manejar bien el agua. Sus tecnologías desarrollaron innovaciones que intentaban disminuir la erosión, aminorar las inundaciones, retener la humedad, permitiendo captaciones, traslados y almacenamientos.

Muchas de estas antiguas construcciones se encuentran en vestigios arqueológicos y arquitectónicos, agrupando la información de las diferentes técnicas hidráulicas precolombinas en, obras abandonadas, registros gráficos, escritos, mapas, pinturas y tradiciones orales.

El rescate de la tradición cultural precolombina sobre el manejo de los sistemas hídricos destaca las diferencias de carácter geofísico que pueden ser aprovechadas por la generación actual con el fin de manejar adecuadamente el recurso hídrico en las condiciones del trópico
(Rabey, 1987).

Según Oyuela (1990), en Colombia se presentaron grandes desarrollos tecnológicos, especialmente en la cultura Tayrona. Su arquitectura lítica sobresale en todos los aspectos de su cultura como, viviendas, caminos, escaleras, puentes, canales, y alcantarillados, en donde se resalta la magnitud de sus desarrollos tecnológicos.

A lo largo de los años las distintas expediciones arqueológicas observan que los sistemas de conducción de agua precolombinos son frecuentes en todo el continente americano. En Chile se encuentran sistemas de irrigación desde el sur en Atacama hasta la provincia de Cachapoal, localizada en la cuenca del río Rancagua al sur de Santiago .

En el Perú los primeros sistemas hidráulicos se remontan a la cultura Chapín (500 a.c.) que continuaron su desarrollo en la época Pukara (200 d.c). En estas culturas la gestión del agua estaba asociada a la estratificación social. Ésta se dividía entre campesinos rasos y especialistas encargados del riego, la predicción climática, los ciclos agrícolas y las ceremonias religiosas. En la cultura Pukara, la planificación hidráulica adquirió un carácter político asociado al control de las nuevas áreas de cultivo y de la fuerza de trabajo campesina, adaptada a las características de cada región. Así, en la costa se construyeron reservorios, acueductos y sistemas de canales, mientras que en la sierra eran importantes los sistemas de captación de aguas y la construcción de terrazas regadas (Moseley 1978).

Kus (1984) considera que los sistemas fueron incrementando su complejidad, de tal manera que, por ejemplo, la cultura Moche extendió la agricultura a la parte baja de los valles, utilizando un sistema de canales que permitió cultivar zonas alejadas de los ríos. De este periodo se destaca el sistema de acueductos subterráneos de la cultura Nazca en la costa sur. En el periodo Pukara, en la región del lago Titicaca se origina la agricultura con sistemas de qochas o estanques, es decir, el uso para fines de riego de depresiones naturales o artificiales, comunicadas por canales, alrededor de las cuales se cultivaba por el sistema de surcos. El almacenado de agua de las qochas se facilitaba por el escaso drenaje de la zona que permitía su disponibilidad aún en la época seca. Además, la qocha tenía un efecto termo-regulador, es decir, mantenía la humedad del suelo, y los cultivos allí sembrados se caracterizaban por las altas producciones (Mujica, 1991).

La cultura inca desarrolló una gran tecnología en ingeniería hidráulica, construyendo embalses, presas y canales. La configuración de una vasta red de caminos permitió la expansión de los sistemas de cultivo de terrazas regadas en las laderas de las montañas, aumentando el área agrícola. En lo que se refiere a instrumentos de labranza para la agricultura, la cultura inca fue muy pobre y su principal utensilio consistió en el palo cavador, que servía para desmoronar la tierra, airearla y hacer los agujeros para la siembra (Lechtman y Soldi, 1981).

En México la cultura azteca se destacó por una sucesión de campos elevados dentro de una red de canales dragados sobre el lecho del lago, denominado cultivo por chinampas (Wilken, 1985), el cual reciclaba eficientemente los nutrientes arrastrados por las lluvias. El desarrollo de nuevas técnicas agrícolas, basadas en el riego por inundación del subsuelo y en la construcción de canales, permitió un impresionante aumento en la densidad de la población. Los canales de las chinampas servían a su vez de vías de comunicación y de drenaje (Parsons, 1976), mientras que la agricultura en campos rellenos con sedimentos extraídos de los canales facilitó el control de las inundaciones (Palerm, 1973).

Las diferencias en clima, suelo y vegetación de la selva tropical donde se asentó la cultura Maya, obligaron a generar técnicas adecuadas para cada tipo de terreno, con campos elevados en zonas inundables y terrenos con desnivel en zonas de excesiva humedad. La característica de éstos se enfocó en la construcción de terrazas para realizar cultivos en forma de escalón, los cuales eran sostenidos por pequeños muros cuya función consistía en modificar la pendiente del terreno, contribuyendo a preservar la humedad y a mejorar la fertilidad del suelo (Armillas, 1949).

En resumen, las culturas precolombinas realizaron enormes obras hidráulicas cuyo objetivo principal consistió en regular la escorrentía en los periodos de lluvias y almacenar agua para asegurar el suministro en los periodos de sequía. La perforación de pozos verticales les permitió abastecer de agua a las diferentes poblaciones haciendo uso de las aguas subterráneas.

2. EL RIEGO EN LAS PRINCIPALES CULTURAS PREHISPÁNICAS


Denevan (1980) llama configuraciones a las antiguas construcciones agrícolas que contribuyeron significativamente a modificar el paisaje natural y, en consecuencia, dejaron vestigios arqueológicos. El riego, definido como la acción de proveer agua de manera artificial a los cultivos, permitió el desarrollo de diferentes técnicas hidráulicas o configuraciones que, dependiendo de su funcionabilidad, han sido clasificadas entre las que evitan la erosión (terrazas), las que controlan la escorrentía, las de retención de humedad y las que permiten captación del agua. Como ejemplos se pueden mencionar las terrazas agrícolas, las terrazas de barranca, las terrazas en pendiente, las semiterrazas, valladas cerradas, las valladas complejas, las surcos, las campos de pocitos, el riego de brazo, entre otras.

2.1 Modificación de pendientes (terrazas)
Las terrazas agrícolas eran superficies niveladas cuyo propósito consistía en modificar la pendiente para reducir la erosión, acumular suelo, facilitar la infiltración del agua e incrementar la retención de la humedad (Spencer y Hale, 1961; Field, 1966; Hopkins, 1968; Patrick, 1980; Donkin, 1979). Se encuentran vestigios que datan desde el año 600 a.c. en la sierra de Tamaulipas (México) y en la Sierra Central del Perú, hasta los años de 100 d.c. (noreste de Nuevo México), 300 d.c. (Guatemala), 500 d.c., (Yucatán), 1.000 d.c., en el Ecuador, (Donkin, 1979). Patrick (1980) ha sugerido que las terrazas de Tzompantepec en el valle de Puebla en México, podían remontarse hasta 1.700 a.c.

Estos terraplenes también se emplearon para la construcción de canales prehispánicos y caminos, encontrando en la Amazonía Boliviana vestigios de éste tipo de construcciones. Palerm y Wolf (1972) mencionan los terraplenes de los Llanos de Mojos, como elementos de complejos más amplios, donde se observan movimientos de tierra prehispánicos que incluyen camellones de cultivo, canales, pozos para almacenamiento de agua, diques, y montículos artificiales de ocupación. La función principal de los terraplenes y canales era el transporte y la comunicación, conectando asentamientos, ríos y terrenos de cultivo. Los terraplenes se constituyeron en un medio excelente de transporte por las sabanas, inundadas durante la temporada de lluvias, y los pantanos permanentes de la región.
Dependiendo del área de cobertura de la terraza, de su distribución sobre la superficie de acuerdo con el contorno de las curvas a nivel, del tipo de muro o bancal que las sostenía, de la dispersión en que se encontraban y de la existencia de canales de riego o drenaje, han sido clasificadas de la siguiente forma: Terrazas de barranca (cross-channel terraces), muy numerosas en México, Perú, Ecuador, norte de Chile y noreste de Argentina; Terrazas en pendiente o linear sloping-field terraces de acuerdo con (Spencer y Hale, 1961), que seguían las curvas de nivel y se ubicaban en las laderas de los valles en vez del fondo de los mismos, se encuentran en la Zona central de Yucatán y Valle de Nochixtlan en México, y Donkin (1979) los describe en distintos lugares de América. En Chile y Argentina terrazas de este tipo han sido descritos por Field (1966); Metepantli o semi-terrazas (West, 1970), caracterizadas por muros de retención en tierra (meiga), sostenidos por raíces de plantas de maguey, colocadas encima del muro. Fueron comunes en México Central y han sido estudiados detalladamente por Patrick (1980); Terrazas aisladas o superficies dispersas o discontinuas (Spencer y Hale, 1961) los describen en la Sierra Peruana; Terrazas en banca, que proporcionaban áreas niveladas con suelos profundos en pendientes muy agudas, que eran regadas mediante sistemas de canales (Donkin, 1979 y, Field, 1966), se encuentran en el centro de México y en Guatemala;. Terrazas en los fondos de los valles (floor terraces), que consisten en variaciones de las terrazas en banca. el manejo del agua las poblaciones precolombinas utilizaron técnicas destinadas al almacenamiento, derivación, almacenamiento, conservación de la humedad, ón de agua subterránea, el control de desbordes, y del agua de escorrentía.

2.2 Almacenamientos
Presas: Una de las presas más grandes del periodo precolombino es la de Purrón en el Valle de Tehuacán (México), que mide 18 metros de altura y tiene 300 metros de largo.

2.3 Derivación de agua
Canales para riego: La construcción de acequias para aprovechar el agua y establecer sistemas de riegos complejos permitieron el desarrollo poblacional. Su adecuación se hizo mediante la construcción de canales, cuya función era disminuir el flujo del agua aumentando el depósito de sedimentos en las zanjas convirtiéndolas a la vez en reservas de humedad para las épocas secas. Construyeron puentes de dos clases: monolíticos, en un solo bloque de piedra, y los compuestos, constituidos por varias lajas superpuestas descansadas sobre piedras verticales ancladas en el río. Los sistemas de alcantarillado consistían en zanjas que pasaban por las casas y luego desembocaban en los ríos o quebradas (Parsons et al., 1984).

Los canales de riego más antiguos se encuentran en el valle de Moche (costa del Perú) y se remontan hasta el año 1500 a.c. (Moseley, 1978). En México se encuentran vestigios de canales que se remontan a los años 850–150 a.c. en Tehuacán (MacNeish, 1958); y según reporta (Kirkby, 1973) al año 420 d.c. en Oaxaca. Igualmente Fowler (1969) y Haury (1976) mencionan la existencia de conducciones para agua de riego en Puebla (México) y en Snaketown (Arizona), construidas hace más de 2200 años.

Se encuentran canales de riego muy diversos en términos de tamaño y métodos de construcción. Los materiales utilizados fueron la piedra y la tierra. Se aprovecharon las diferencias de nivel para la conducción del agua y se han encontrado estructuras para disipación de energía y control de flujo, construidas en piedra en el canal de La Cumbre en el Perú (Kus, 1984). Algunos de los canales de riego más grandes y más largos de los tiempos precolombinos se encuentran en la costa norteña del Perú. El Valle de Moche (Perú) recibió agua desde el río Chicama por medio del canal La Cumbre (Chicama-Moche), con una longitud de 74 kilómetros. El complejo de Lambayeque proporcionó agua de riego para 100 km2 en la llanura costera del Perú, utilizando un sistema de canales interconectados con 5 cuencas de drenaje distintas (Palerm, 2002).

Acueductos: destaca en México el sistema hidráulico de Edzná, donde existen colectores en forma de cañería que comunican una serie de canales construidos para evitar inundaciones en terrenos más bajos y en el centro de México se encuentran canales elevados de hasta 20 metros de altura. En el Perú aún existe el acueducto elevado de Ascope en el Valle de Chicaza (20 m de alto), y el acueducto de la Pampa de Zaña de 3 km de longitud; en la región de la Cumbre (Perú) se encuentran secciones de acueductos. En el norte de Chile también se conservan pequeños acueductos.

Galerías filtrantes: Los chultunes o cisternas Mayas subterráneas eran depósitos de agua lluvia construidos en la roca o en la zona parental, conectados a sistemas de irrigación mediante canales y combinados con terrazas, que permitió llevar a cabo una agricultura intensiva (De la Torre y Burgal, 1986). Se han encontrado galerías filtrantes en Tehuacán y Puebla (México), en el norte de Chile (Pica) y el sur del Perú (Nazca).

Reservorios: En México, Wolf y Palerm (1957) han informado sobre pequeños reservorios agrícolas en el Valle de México, y Kirkby (1973) menciona antiguos depósitos en Oaxaca. El gran reservorio de Purrón (México) mide 400 x 700 metros, con 8 metros de profundidad.

2.4 Conservación de humedad
Las culturas precolombinas desarrollaron varias técnicas para modificar la superficie de los campos, diseñadas con el propósito de conservar la humedad de los suelos proporcionada por la lluvia y el agua de escorrentía. Estas se han observado en el suroeste de los Estados Unidos, norte de México y en la costa de Perú y pueden ser agrupadas de la siguiente manera.

Surcos : Los surcos tenían diversas formas: rectos, rectos con líneas perpendiculares, en forma de la letra «E», o en forma de «S». Aunque no fueron estructuras permanentes, aún puede percibirse una variedad de surcos precolombinos en el desierto de la costa del Perú, en los Valles Chicama y Moche (Kus, 1984).

Riego manual: En ocasiones el agua de riego era transportada manualmente desde alguna fuente hacia los campos cultivables. Tres formas se encuentran asociadas al riego manual: campos de pocitos, pozos y tablones. Los campos de pocitos tenían 17 cm de diámetro por 10 cm de profundidad, con 3,25 m de campo entre pocitos. Se observan en Guatemala y se utilizaban para regar árboles (Wilken, 1987). Según Kirkby (1973) los pocitos cerca de los antiguos canales de Oaxaca fueron usados en los años 400 a.c. Los pozos eran excavados sobre la capa freática y han sido identificados en Chan Chan (Perú) y en las tierras altas de Chiapas (México). Kirkby (1973) informó sobre antiguos pozos, que tal vez fueron usados para el riego de vasija en Oaxaca (México). Los tablones eran parcelas elevadas rectangulares, separadas una de otra con zanjas o canales estrechos, teniendo una berma alrededor para contener el agua. En realidad son terrazas y campos elevados que se pueden observar en las tierras altas de Guatemala (Scarborough, 1983).

Control del agua de escorrentía: terrazas de barranca (weir), eran las formas más comunes de control de agua de inundación. Su función principal consistía en reducir la pendiente y controlar la erosión. El término sugiere una presa que no detiene el agua sino que le permite escapar o filtrar hacia fuera, concentrando el agua de las áreas de recolección y desviándola hacia pequeños campos de cultivo. (Salazar, 2006) reportan un caso en Honduras. En la región Hopi (Arizona), el área de cultivo que se alcanzaba con estos sistemas era alrededor del 4 al 5% del área de captación (Hack, 1942).

Bordes lineales : Eran líneas de piedra dispuestas en el contorno de las pendientes de las colinas colocadas a veces en agrupaciones paralelas o en forma concéntrica. Servían para retardar el agua de escorrentía, permitir la filtración de agua y disminuir la erosión. Se encuentran en el suroeste de los Estados Unidos y en México (Schwartz, 1957).

Huertas con bordes : Pequeñas parcelas, usualmente en forma rectangular, delineadas por líneas de pequeñas piedras (a veces tierra), amontonadas una encima de la otra. Las piedras conservaban la humedad disponible y disminuían la evaporación. Algunas eran recubiertas con capas de guijarros, como un medio adicional para retención de humedad. Las parcelas variaban en tamaño, desde 1 m2 hasta 450 m2. Se encuentran en el Cañón del Chaco, Kayenta, Valle del Río Grande del Norte Pequeño Río Colorado y Agua Fría, en Arizona, Estados Unidos.

Piedras usadas para anclar arena : Eran colocadas en los campos para estabilizar la arena, proteger los cultivos contra los efectos del viento y anclar arbustos; se observan restos arqueológicos relacionados que se remontan hasta los años 1065-1200 d.c. en Sunset Crater (Arizona).

Montículos (aporcaduras) : Eran leves amontonamientos de tierra suficiente para una o dos plantas, con duración en el tiempo limitada. Sus funciones son parecidas a las de camellones; las aporcaduras alrededor de las plantas individuales de maíz o yuca las protegen contra daños causados por el viento. Continúa siendo una técnica difundida por toda América. En algunas regiones de Colombia y Pucará en el Valle de Lerma de Salta (Argentina) se encuentran antiguos montículos. Hay reportes que datan de los comienzos del siglo XVI que recuerdan la existencia de estos montículos en la isla de la Española.

2.5 Utilización de agua subterránea
En Chile y Perú existen vestigios que indican la posibilidad de explotación del agua subterránea ( Gay, 1973). La técnica consistía en abrir depresiones y zanjas de profundidades variables en donde se plantaban árboles. Vestigios de campos hundidos (s, pukios, hoyas) han sido investigados en Chilca y en el Valle de Virú (Perú), cuyos campos se remontan a 100 años a.c.

2.6 Drenaje
Por otra parte, las técnicas precolombinas empleadas para el drenaje se encuentran en configuraciones agrupadas en campos elevados, canales de drenaje y camellones pequeños (también llamados huachos, los cuales además se empleaban para la adecuada aireación, el control de malezas y facilitar las labores agrícolas).

Las funciones de dichas construcciones eran evacuar el exceso de agua y proteger las cosechas de las inundaciones. Los suelos se preparaban trasladando tierra para formar montículos que se elevaban por encima de la superficie natural. Las plataformas protegían de las inundaciones donde el nivel freático era permanente. Los campos elevados fueron altamente productivos y en toda América latina se han encontrado construcciones que datan de la época precolombina. Ejemplos de éstos se encuentran en Chinampas (México), en los campos elevados de Llanos de Mojos (Bolivia) y en la sabana de Bogotá (Colombia). Los canales de drenaje también cumplían la misión de transporte fluvial o se empleaban para la cría de peces. Se han identificado canales asociados con campos elevados en los Llanos de Mojos (Denevan, 1966), en Campeche (Siemens et al, 1976), Quintana Roo (Turner y Harrison, 1978) y con las chinampas de México (Coe, 1964).

Figura 1. Fuentes


Muros de desviación : Se encuentran largos muros lineales de tierra (longitudes de hasta 700 metros) en el suroeste de los Estados Unidos, ubicados en las desembocaduras de arroyos (campos chin), en planicies de inundación y en las bajas terrazas de los ríos. Sirvieron como zona de inundación (spreaders), retención de agua, para estabilizar los campos, prevenir el lavado (sheetwash) y la formación de arroyos y para captar y dirigir la escorrentía hacia campos adyacentes, a canales y conductos. No se construyeron atravesando corrientes y se pueden observar ejemplos en la región de Puebla en México (Hack, 1942).

Valladas cerradas o semi/cerradas (albarradas) : Las semi/cerradas eran generalmente rectangulares con terraplenes de tierra o piedra, con pequeñas aberturas que podían cerrarse con facilidad. Admitían una cantidad limitada de agua y evitaban las inundaciones, o recolectaban agua en un depósito artificial. Parsons (1968) observó este tipo de estructuras en los Valles de Virú y de Chilca en Perú.

Valladas complejas : Fueron combinaciones de muros y valladas lineales, irregulares, perpendiculares y semi/cerradas. La mejor representación se observa en Chilca (costa peruana), lugar donde se integran una variedad de represas para controlar inundaciones con campos hundidos.

Campos elevados: (camellones grandes y plataformas) : Los campos elevados eran preparados mediante el traslado y elevación de tierras por encima de la superficie natural (Denevan y Turner, 1974). Se puede hacer una distinción fundamental entre las plataformas, que son bajas y bastante anchas, y los camellones, que suelen ser más altos y angostos. Los campos elevados alcanzan hasta 2 m de altura, 25 m de ancho y 500 m de largo. Gran parte de ellos se separan por zanjas, las que además de ser excavadas para construir los campos, sirvieron como drenaje del subsuelo, canales de riego, vías de transporte, zonas para la cría de peces y como una fuente de nutrientes para el suelo Los campos elevados se han encontrado en los Llanos de Mojos en el este de Bolivia (Denevan, 1966), las sabanas de San Jorge al norte de Colombia (Parsons y Bowen, 1966), la Cuenca de Guayaquil en la costa del Ecuador (Parsons, 1968), Campeche en México (Siemens et al., 1976), Belice (Siemens, 1978), los llanos del Orinoco de Venezuela (Zucchi y Denevan, 1979) y el Lago Titicaca (Denevan et al., 1987); Veracruz y Quinta Roo en México, Surinam, el Valle de Casma (costa peruana) y en la sabana de Bogotá (Colombia). En el sistema de chinampas del Valle de México, la mayoría de las plataformas de cultivo fueron construidas como islotes en lagos permanentes (Armillas, 1971).

Pequeños campos elevados : Hay una variedad de configuraciones de campos elevados pequeños, desarrollados para efectuar modificaciones físicas del suelo, conservar humedad, mejorar el drenaje, nivelar el declive, o para alterar el microclima (temperatura, viento).

Campos con zanjas : Las zanjas miden cerca de 1 m de ancho, 20-35 cm de profundidad, y 2-10 m de espacio entre ellas. Actualmente se continúan utilizando por parte de los agricultores en una localidad cerca del Lago Titicaca y en otros lugares de la sierra andina y por los Krinya en los Llanos del Orinoco (Denevan, 2001).

Camellones pequeños (Huachos, eras) : Estos eran campos elevados estrechos (1 - 1.5 m) de ancho, muy comunes en la región andina llamados en Colombia y en el Perú. Todavía se elaboran en el Perú, con el arado de pie (chaquitacila), y se utilizan para la siembra de la papa. Las abandonadas de Colombia podían ser de origen precolombino, según West (1979). Se encuentran también en el centro de los Estados Unidos, en los Estados de Wisconsin y Michigan (West, 1970).


3. CONCLUSIONES


. En las culturas hidráulicas precolombinas, aún con las grandes distancias que las separaban y el poco contacto existente entre ellas, se observan muchas semejanzas. Es así como diferentes países americanos poseen una gran variedad de vestigios de obras hidráulicas que reflejan los desarrollos tecnológicos de las distintas culturas.


. Una de sus principales características fue el grado de adaptación tecnológica a las difíciles condiciones climáticas y territoriales. Se observa cómo los elementos empleados en los sistemas de riegos precolombinos para captación, almacenamiento y distribución en las diferentes culturas tuvieron como función esencial proteger los campos agrícolas contra los efectos adversos del clima.


. Debido al buen manejo de una cultura hidráulica, la agricultura americana se desarrolló de manera lenta pero su contribución fue decisiva para permitir el crecimiento de poderosas civilizaciones.

. Los pueblos precolombinos fueron principalmente agrícolas, lo que los obligó a desarrollar sistemas de aprovechamiento eficiente de los recursos hídricos.

. Los sistemas de riego, aunque dispersos geográficamente y de escala muy diferenciada, tuvieron gran importancia en el desarrollo de las antiguas civilizaciones agrícolas americanas.
. Las culturas del norte o de Mesoamérica tuvieron un mayor desarrollo de los sistemas hidráulicos y sistemas de irrigación que las de Sudamérica y son las más estudiadas y documentadas de la época precolombina.
. Es importante generar una conciencia que valore los avances tecnológicos de las antiguas civilizaciones americanas, quienes en algunas ocasiones encontraron un manejo más armónico de los recursos hídricos.

. Algunas de las tecnologías hidráulicas desarrolladas por las culturas precolombinas pueden ser mejoradas, adaptadas y utilizadas por la agricultura campesina de los países americanos.


4. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS


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Imagen: googleada


Ponencia presentada por María T. Oré, Eric Rendón, David Bayer y  Javier Chiong  como parte de la Mesa 2: Aguas y suelo del tema Desafíos Ambientales del Seminario Permanente de Investigación Agraria (SEPIA). Piura, Perú. Agosto 2011







La proliferación de concesiones petroleras en la Amazonía no solo no se traduce en un aumento de la producción. La industria opera bajo estándares ambientales cuestionables: entre 2009 y 2015, dejó un rastro de 150 derrames de petróleo. Las más afectadas por este negocio, como se vio en Chiriaco y Morona, son las comunidades indígenas que viven bajo su influjo. ¿Cómo intervino el Estado en estas comunidades? Aquí un detallado balance.

Aunque intente serlo, el Perú no es precisamente un país petrolero. El pico más alto de la producción se alcanzó en los años ochenta –más o menos 200 mil barriles diarios de acuerdo a un estudio de ESAN– y a partir de ese momento el descenso se prolongó hasta llegar a los 64 mil barriles del 2012. Este descenso, sin embargo, no se corresponde con el número de concesiones otorgadas en la amazonia peruana. En los últimos 15 años, mientras la producción menguaba, las concesiones se otorgaron indiscriminadamente a la industria de hidrocarburos: pasaron de ocupar el 15% del territorio amazónico a llegar al 75%, de acuerdo a datos oficiales.

Para Alberto Ríos Villacorta, doctor en ingeniería industrial, esta disparidad entre aumento de concesiones y declive de la producción se explica porque, pese a que las condiciones del país no son las más apropiadas para la industria, el Estado la promueve para alcanzar la soberanía energética. “El país debe iniciar un proceso serio y planificado de transición hacia un modelo energético desacoplado del petróleo, ya que no es un país petrolero”, sugiere Ríos Villacorta.

“La explotación de petróleo en el Perú es un asunto de inseguridad medioambiental más que de seguridad energética. El petróleo que se descubre en la selva es de mala calidad, reducidos volúmenes y presenta elevados riesgos para la biodiversidad de la Amazonía peruana”, añade el especialista.

El atlas “Amazonía bajo presión”, elaborado por la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada (Raisg), sostiene en ese sentido que el Estado peruano no protege el territorio amazónico –único en el planeta por su inmensa biodiversidad–, sino más bien promueve que sea depredado.

Al respecto, un informe de la Defensoría del Pueblo sobre pasivos ambientales –los rastros de contaminación dejados por la actividad extractiva– señala que el sector hidrocarburos suma 72 pasivos, bastante por debajo de los que ha dejado la minería. Sin embargo, ya en el 2002 Petroperú informaba que había más de 6 mil pozos de petróleo abandonados en la selva.

Los daños ambientales más grandes de los últimos meses fueron los derrames de petróleo ocurridos en Chiriaco y Morona (Amazonas y Loreto respectivamente). Pero estos son solo la punta del iceberg de una larga lista. Gerardo Honty, analista del Centro Latinoamericano de Energía Social (CLAES), elaboró una breve cronología de derrames reportados a la prensa en los últimos 15 años y halló que hubo cuando menos 60. De acuerdo a Honti, si tomamos la referencia de las denuncias de las comunidades indígenas que no llegaron a la prensa, la cifra crece. Una muestra: solo de 2006 a mayo de 2010, las comunidades reportaron 78 derrames en los lotes 8 y 1AB administrados por Pluspetrol en Loreto. Estos datos confirman el legado de riesgo medioambiental descrito por Ríos Villacorta.

Asimismo, un informe del Organismo Supervisor de la Inversión en Energía y Minería (Osinergmin) al que tuvo acceso el portal Número Zero detalla que entre 2009 y 2015 se produjeron 150 derrames. Las regiones más afectadas fueron Loreto, Amazonas y Ucayalli donde se pordujeron 73 de las emergencias. Las empresas más infractoras fueron Pluspetrol, Petrobras y CNPC Perú, que reunen un total de 105 derrames. Este informe solo consideró los casos ya resueltos y no los que están en instrucciones, por lo que es probable que la cifra sea mayor.

De las industrias extractivas, la de hidrocarburos es una de las más rentables. Tal vez esa es una posible explicación al acelerado crecimiento de las concesiones. En el 2013, el aporte de los hidrocarburos al PBI fue de S/.12.330 millones, lo que representó un incremento de 62% respecto al 2008. De acuerdo a la Sociedad Peruana de Hidrocarburos (SPH), las regalías del sector son diez veces mayores que las del sector minero.

Pero así como no existe correspondencia entre el auge de las concesiones y la producción petróleo, tampoco la hay entre los elevados ingresos del sector y la eficiencia ambiental con la que operan. Según Honty, los accidentes en el sector son “parte constitutiva del negocio del petróleo. Un episodio de derrame petrolero cada tres meses (solamente en un país y solamente considerando la información de la “gran prensa”) deja de ser una eventualidad”.

Clinton Jenkins, biólogo de la conservación del Instituto de Investigaciones Ecológicas, lo define con estas palabras: “Es un problema sistémico (…) Estos derrames ocurren de manera regular y las repercusiones no van a desaparecer fácilmente”.

En el caso de Petroperú estas afirmaciones son clamorosamente ciertas. En la última semana se reportó un nuevo derrame de 600 barriles en el distrito de Barranca (Loreto) del Oleoducto Norperuano, infraestructura por la que según una directiva oficial está prohibido que se continúe bombeando petróleo. El Ministerio del Ambiente ya tomó cartas en el asunto y ha anunciado que presentará una demanda ante el Ministerio Público contra la empresa estatal.


Anatomía de un derrame

Los derrames de petróleo transforman el modo de vida de las comunidades en dos niveles. La transformación más inmediata y evidente la produce la contaminación. Los recursos básicos –agua, alimento y negocio– y también sus actividades recreacionales y educativas son trastocadas: con los derrames, las comunidades ya no pueden beber agua, lavar sus ropas, regar sus plantas o vender el pescado. Su subsistencia queda relegada al aporte que los propios responsables –es decir, las empresas petroleras– les den. Al mismo también, la presencia de la industria ha transformado la economía tradicional de las comunidades indígenas.

Vale la pena volver a observar en detalle lo ocurrido en Chiriaco porque es un caso en el que convergen rasgos representativos de los derrames en tres momentos: antes, durante y después del daño. En el primer momento, se muestran los bajos niveles con que opera la industria en la Amazonía y su precaria eficiencia para actuar cuando ocurren los derrames. En el segundo, destaca el tardío y disperso performance del Estado al momento de limpiar el ecosistema y reparar a los afectados. Y en el tercero momento se muestra que, pasada la presión mediática, los compromisos estatales se olvidan.

Rodrigo Lazo es un antropólogo que estudia a las comunidades awajún del departamento de Amazonas hace más de cinco años y estuvo en Chiriaco nueve días después del derrame. De su observación, dejó una detallada cronología del antes, durante y después del derrame.

26 de enero. Petroperú publica un primer comunicado donde arroja dos datos falsos: que el derrame no había alcanzado cuerpos de agua y que ya estaba controlado. La información fue recogida y difundida por RPP sin ninguna verificación de por medio. A los pocos días, el 29 de enero, salen a la luz las primeras pruebas en video y foto que desmienten esta información.

28 de enero. Las primeras medidas para remediar el daño ambiental de Petroperú consisten en contratar comuneros y dotarlos de un equipo precario. En la foto se ve a los comuneros usando baldes de plástico para extraer el petróleo.

8 de febrero. Primera confrontación entre autoridades de Petroperú y el ministro de Ambiente, Manuel Pulgar Vidal, quien sostiene que los daños ambientales se deben a desperfectos en el Oleoducto Norperuano. Petroperú lo desmiente, pero la información oficial le da la razón a Pulgar Vidal.

9 de febrero. Las lluvias producen el desembalse de los 2 mil barriles que estaban retenidos por las barreras industriales y artesanales de Petroperú en la quebrada de Imayo, donde estaban trabajando los equipos de limpieza. Según el OEFA, tras el desembalse el petróleo ingresó al río Chiriaco por al menos 4 das sin que los ingenieros de Petroperú intervengan. La cantidad de petróleo podía teñir por 1.5 metros toda la ribera del Chiriaco. Sobre este incidente, el Estado de Emergencia determinaría que solo fueron 10 los barriles desembalsados por las lluvias.
De acuerdo al apu Lucio Roca de la comunidad de Wachapea, alrededor de 80 niños del colegio Fe y Alegría trabajaron en el recojo de petróleo en baldes. La entrada del colegio estaba cubierta de crudo seco. Entre 4 y 6 comunidades reportaron situaciones similares.

12 de febrero. El Ministerio de Agricultura y Riego a través del ingeniero Luis Núñez realizó un tazado de las daños a las granjas en el que solo se reconoció a los propietarios mestizos. Al respecto, Lazo dijo lo siguiente: “La deficiencia de los criterios del sector Agricultura para identificar las formas de producción y los productos de la población awajún vulneran peligrosamente sus derechos y sus recursos para sobrellevar la tragedia ambiental”.

13 y 14 de febrero. Apareció la portada de El Comercio denunciando el derrame y el primer reportaje de la serie de tres que publica Cuarto Poder. Se inició lo que los comuneros llamaron “el turismo institucional de la tragedia”: autoridades de distintos rangos y sectores visitaron la zona y prometieron medidas que, más que obedecer a una dirección técnica, eran respuestas políticas.

16 de febrero. El OEFA notificó a Petroperú que el derrame era un problema sistémico producido por la severa corrosión del oleoducto y sugirió que existió daño a la salud y la vida de las personas. No obstante, este comunicado no contuvo pruebas médicas y limitó el rango de los daños a los 3.5 kilómetros de la quebrada de Imayo, donde inicialmente estaban retenidos los barriles.
Según el apu de Temashnum, la indicación que dio Petroperú a los comuneros contratados fue limpiar hasta una comunidad ubicada a 30 minutos de la boca del río Chiriaco, bastante antes de Imacita, donde las imágenes y videos recogidos prueban que sí llegó el derrame.

17 de febrero. Se produjo un nuevo derrame en Pucará, Jaén, sobre el que Petroperú logró instaurar la versión de que se trató de una fuga producida durante una intervención. La intervención se realizó durante la noche, sin conocimiento de la población y sobre sembríos de arroz.
Hasta este momento, ninguna autoridad estatal había tomado pruebas de sangre, orina o algún otro tipo de evaluación clínica.

18 de febrero. El Organismo Supervisor de la Inversión en Energía y Minería (OSINERGMIN) impuso una multa de más de S/.12 millones a Petroperú por no haber adecuado sus instalaciones. Dos semanas después, el 4 de marzo, el OEFA inició un proceso administrativo por S/. 79 millones contra Petroperú por no haber generado un cronograma de acciones de mantenimiento del ducto, no haber cumplido con las labores de limpieza oportunamente y por reincidencia y daños a la vida o la salud.

25 de febrero. El Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP) se comprometió a supervisar la atención de los niños en Chiriaco, pero ninguna comunidad reportó haber recibido su visita.

1 de marzo. La empresa LAMOR, la misma que había dejado trazas de petróleo en Cuninico, intervino por encargo de Petroperú. Es cuestionable que Petroperú haya contratado a la empresa especializada en limpiar los cuerpos de agua recién un mes después de que ocurriera el primer derrame.
Se reduce la difusión mediática del derrame y las intervenciones sectoriales.

3 de marzo. La PCM declaró solo en algunas comunidades el Estado de Emergencia, 38 días después del primer derrame. La medida estuvo orientada a destrabar presupuesto para los equipos sectoriales. Sobre este punto, Lazo dijo que “el Estado de Emergencia no supuso cambio alguno en relación al abastecimiento de agua. Sin él, la planta de tratamiento tardó medio mes en llegar; con él se tardó el mismo tiempo en iniciar su funcionamiento”.

13 de marzo. Las indemnizaciones solo se otorgaron a familias mestizas. Se entregaron entre mil y 15 mil soles.

15 de marzo. Petroperú ofreció canastas con alimentos por segunda vez desde que ocurrieron los derrames. Estas fueron entregadas de forma limitada.

16 de marzo. Hasta esta fecha la planta portátil de tratamiento de agua aún no era utilizada.

19 de marzo. Hasta esta fecha no se entregó alimentos cruciales para la dieta de las comunidades de Wachapea, Umukai, Nazareth, Temashnum y Chipe. La única ración, calificada por Lazo de insuficiente, la otorgó Petroperú. Las familias empezaron a comer pescado del río sin que el Estado haya calificado el nivel de contaminación. En abril un comunicado de Sanipes señaló que el pescado no era apto para el consumo humano.

17 de abril. La agenda de recuperación de las aguas de Chiriaco está bastante avanzada. Los puntos más golpeados ya están libres de petróleo en la superficie, aunque éste se mantiene sedimentado.

26 de abril. Tras casi tres meses de los derrames en la cuenca del río Morona (Loreto), el Ministerio del Ambiente (Minam) publicó los monitoreos de la calidad de agua. La recomendación fue que los ciudadanos no consuman recursos hídricos ni peces de la zona afectada. El mismo resultado sugiere el muestreo de peces del Organismo Nacional de Sanidad Pesquera (Sanipes), tomado el 7 de febrero y 23 de marzo.

30 de abril. El informe de Defensa Civil probó que la magnitud del derrame fue mayor a la reportada. El informe señaló que el crudo recorrió un kilómetro hasta la quebrada de Imayo y el 9 de febrero ingresó a los ríos Chiriaco y Marañón. En total, 10 localidades fueron afectadas: Chiriaco, Chipe, Villa Hermosa, Imayo, Wachins, Nazareth, Pakún, Wachapea, Nuevo Progreso y Samarén (4696 personas). Hubo 243 personas heridas y 16 hectáreas de cobertura natural destruidas.

9 de junio. Petroperú pidió perdón a las comunidades indígenas amazónicas ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en Santiago de Chile e invitó a los comisionados a visitar la zona. Los comisionados exigieron la reparación integral de las víctimas.



Rodrigo Lazo concluye que el Estado tuvo un performance poco eficiente en los tres momentos del derrame. La evidencia recogida por el antropólogo muestra claramente que el Estado no contaba con un plan de acción para intervenir. Esto se vio en el personal con que operaron y la precariedad de los implementos empleados. Mención aparte merece el plan de prevención de Petroperú, el cual permitía que una infraestructura obsoleta continúe operando libremente. Al mismo tiempo, la reacción de las autoridades no obedeció a un plan de acción, pues las decisiones sectoriales se entorpecían unas a otras.

La intervención multisectorial no condujo a medidas concretas sino desligó a las autoridades de responsabilidad. Al estar todos implicados en las reparaciones, desaparecieron los responsables directos. “La intersectorialidad, en la práctica, opera como un mecanismo para deslindar responsabilidades y convierte al Estado de Emergencia en una medida prácticamente inútil”, sostiene Lazo.

Ante la ineficaz intervención de los sectores competentes, Petroperú asumió muchas de las funciones de reparación: la empresa responsable del derrame se convirtió en el mediador de la ayuda estatal. Esta condición trastocó la lógica de las reparaciones. En lugar de otorgarlas libremente, la empresa las utilizo estratégicamente. “Según nos informaron, en todos los casos las reparaciones se usan como medidas que exhiben discrecionalidad y vocación de control social. Las compensaciones por las chacras y la producción perdidas han sido parciales y selectivas”, sentencia Lazo.

Fuente: Revista Ideele






Los suelos funcionales desempeñan un papel clave en la seguridad alimentaria, en concreto en el abastecimiento de agua limpia y en la resiliencia ante las inundaciones y sequías. La infiltración de agua a través del suelo atrapa los contaminantes e impide que estos se filtren en el agua freática.

Para subrayar estas y otras de las capacidades y beneficios que aportan los suelos, los expertos de la FAO han elaborado una infografía que aglutina numerosos datos de interés sobre el importante rol que juegan en la seguridad alimentaria y la protección frente a los efectos adversos del clima.



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 Otra de las funciones del suelo es la captura y almacenamiento de agua, poniéndola a disposición de los cultivos para su absorción; de este modo, reduce al mínimo la superficie de evaporación y maximiza la eficacia y productividad en el uso del agua.

Los suelos sanos con una elevada cantidad de materia orgánica tienen capacidad para almacenar grandes volúmenes de agua. Esto es beneficioso no solo durante las sequías, cuando la humedad de los suelos es crucial para el crecimiento de los cultivos, sino también durante las lluvias intensas porque el suelo reduce las inundaciones y la escorrentía y ralentiza el vertido de agua a los arroyos.

¿Qué es la humedad del suelo?

El contenido de humedad del suelo es la cantidad de agua que hay en el suelo (por peso). La máxima cantidad de agua que un suelo puede retener depende de la textura y estructura del suelo, su contenido de materia orgánica y la profundidad de las raíces. La materia orgánica del suelo puede retener hasta 20 veces su peso en agua.

La relación humedad del suelo – seguridad alimentaria

El agua es la «sangre» de la agricultura. Una adecuada gestión de la humedad del suelo es clave para la producción sostenible de alimentos.

Por otro lado, inhibir la capacidad de un suelo de aceptar, retener, liberar y transmitir agua reduce su productividad



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